Vergel
Invierno y un nuevo encuentro — Chapter 5
- Previous chapter
- Next chapter
El otoño se convirtió rápidamente en una época rica y abundante. Era realmente todo hermoso, el color dorado invadía todos los árboles, y el camino de piedra quedó alfombrado de hojas caídas que hacía semblanza a la alfombra que se extiende al suelo por donde pasan los reyes. Muchas flores brotaron en esta época. Ella sin vacilación recuerda el día que él le trajo un enorme ramo de flores de otoño, azafranes y margaritas, un ramo que perfumó la cabaña por días y que bien pudo haber llamado la atención de cualquiera que pasase por allí cerca. Colores lilas, anaranjados, blancos y amarillos predominaban ahora por doquier, el jardín parecía otro, era el mismo en realidad, pero con otros colores, e inevitablemente ellos estaban felices.
Se paseaban por los caminos, recogían flores de los nuevos colores, y continuaban recorriendo el gigantesco jardín. Para la época ya habían pensando que ya habían recorrido todo, pero más tarde en una de esas mañanas que no se les ocurría a donde ir descubrieron un anexo del jardín al cual se le ingresaba por una pequeña gruta escondida entre los árboles y el pasto seco, obviamente fue fácil descubrirlo pues no había pasto que lo ocultara y varias veces se preguntaron como antes no habían visto la gruta. Una vez atravesada se llegaba a la otra parte del jardín que tenía una salida al mar, consistía en una playa de arenas blancas y de aguas azules que a pesar de la época no eran tan frías y que resultaban perfectas para bañarse al mediodía cuando aún hacía calor. La comida de mar tampoco escaseaba, peces había por montones y los mariscos estaban al alcance de la mano.
No les tomó tiempo para que ambos se convirtieran en maestro de la cocina del mar. Inventaron platos de todos los tipos y de todas las combinaciones, compartían la cocina y comían juntos lo que juntos preparaban, y eso se convertía en una razón más para darle las gracias al jardín. Después fue usual que se tomaran lo que ellos llamaban en burla unas vacaciones, en burla porque desde que habían llegado todo había sido como unas vacaciones, exceptuando el comienzo del verano donde confundieron su papel como dueños del jardín; se iban ambos a la playa y se quedaban a dormir al aire libre bajo los árboles de la orilla. Mucho más adelante tuvieron la idea de construir otra cabaña para no tener que dormir bajo los árboles pues ya el frío empezaba a arreciar y de esa manera tener un refugio en diferentes lados del jardín, algo así como una casa de campo.
Fue una fría mañana que él caminaba solo pues ella aún no había despertado que se tropezó con un camino nuevo. Su sorpresa fue grande pues a esas alturas encontrar caminos nuevos era toda una proeza, pero rápidamente comprendió que era debido a la falta de hojas en los árboles que había logrado. Al final del camino descubrió una valla de madera que se extendía bastante a los lejos y no pudo evitar la sonrisa al ver algo que jamás esperó ver. Eran rumiantes, todos pastando apaciblemente dentro de la valla y le pareció tan normal de repente que se dio media vuelta y corrió a contárselo a ella. Pronto hubo banquetes de carne animal que por mucho tiempo falto en su mesa, pero que nunca fue imprescindible. Las pieles las limpiaban y las guardaban, muchas veces sirvieron de abrigo y otras de adorno. También tuvieron que aprender a cuidar a los corderos y a las vacas, que para lograr una mejor reproducción de las mismas había que asistirlas en el parto de sus crías. De igual manera hubo leche, sin embargo a ellos no les gustaba mucho excepto cuando hacia mucho frío y un poco de leche fresca era el mejor remedio. Con la leche vino la mantequilla, pero nunca aprendieron a hacer queso a pesar que lo intentaron muchísimas veces y de distintas maneras.
Entonces comenzaron las dudas.
- Bien podemos ser los dueños del jardín, pero ¿No te has vuelto a preguntar quién es el autor del jardín? –Preguntó él con aspecto de intriga-.
- No mucha veces, me sucede que a veces cuando me levanto despierto con esa pregunta, pero es sólo es pocas ocasiones, es raro cuando me sucede. ¿Por qué?
- Se me ha ocurrido que en el camino de piedra está la respuesta a esa pregunta. Antes de que quedase cubierto de hojas tuve la certeza que había un mensaje escrito allí y que se leía mediante los colores y una vez cuando me subí sobre un árbol logre ve la letra “a” allí en el camino. Y ahora me regresó la duda. Creo que voy dedicarle los próximos días a averiguarlo. ¿Me acompañas?.
- Está bien, puedo ayudarte, pero recuerda lo que pasó la última vez que sucedió algo de esta naturaleza, me refiero al comienzo del verano, el fin de la primavera.
- No te preocupes, eso ya está en el pasado. Pienso que ahora si entendemos mejor nuestra responsabilidad como dueños de este jardín y nuestra relación con él y con nosotros mismos. Por eso dudo que ocurra algo similar a lo que antes ocurrió. Hemos madurado, ¿No te has dado cuenta?.
- Si, por supuesto que me he percatado de ello. El ejemplo más simple de que esto es cierto es como perdonamos lo que a veces parecen imperfecciones en el jardín y pasan a ser de nuevo parte de nuestro jabdín perfecto. Hemos madurado juntos.
- Entonces ven, acompáñame, tenemos muchas hojas que remover.
Lo primero que trataron de hacer fue quitar el exceso de hojas que se encontraba sobre el camino de piedras, pero las hojas eran demasiadas y las manos no bastaban para ello considerando la extensión del camino. Los primeros trabajos los hacían inevitablemente a mano y no era mucho lo que avanzaban por día, ahora junto a las flores y los arbustos habían cerros de hojas amontonadas que más tarde fueron a parar en un lugar alejado del camino. Por suerte el viento los ayudaba a remover las hojas, pero muchas veces se llevaba tantas como las que traía de vuelta.
Luego de varios días se les ocurrió inventar un barredor de hojas. Era bastante simple, constaba de un mango largo de madera que se acoplaba a un tronco acuñado en su parte inferior que levantaba las hojas y las empujaba hacia el frente. Más tarde inventaron la escoba que la fabricaron con un poco de pasto seco que encontraron cerca de las vacas, y tanto el barredor largo como la escoba se pusieron a trabajar en conjunto en la remoción de hojas. Para cuando hubieron terminado de apartar todas las hojas del camino y de apilarlas en un lugar lejano el invierno ya había llegado.
Los primeros copos de nieve fueron recibidos con alegría cerca de la cabaña y era hermoso ver el lago congelado que no se atrevían a pisar. De igual manera para el frío tenían solución gracias a las pieles de los animales, pero luego cuando la tormenta se hizo más fuerte se dieron cuenta que todo su trabajo de quitar las hojas había quedado sepultado bajo la nieve.
De primeras se molestaron pues todo su trabajo parecía que lo habían hecho en vano, luego no restaba más que quedarse los interminables días encerrados dentro de la cabaña.
De un momento a otro se dejaron de hablar y se ocuparon más de si mismos que del jardín o de la otra persona. Y a pesar de que a veces uno u otro se morían por ver los colores de nuevo, o saborear los olores, o simplemente querían un poco de cariño, la frialdad del ambiente hacía imposible la tarea. Parecía la época del retraimiento donde todos se encerraban en si mismos.
El jardín parecía muerto, pero parecía aún respirar bajo toda esa nieve en un estado de vida latente, o al menos eso le pareció a él en una caminata que decidió dar durante el día donde su pisadas quedaban largamente marcadas en el suelo como un hueco en forma de su pie.
Durante largos días no salió de su habitación pensando de qué manera podría descubrir lo que decía en el suelo. Primero se le ocurrió remover la nieve con un nuevo barredor, pero descartó la idea inmediatamente pues eso sería como tratar de apagar el sol con puros soplidos. Por su parte ella, contagiada de la duda que él le había planteado, también estaba aprisionada en su habitación maquinando una manera de descubrir el suelo. Se le ocurrió que podrían derretir la nieve colocando varias fogatas cerca del camino hasta que este quedara descubierto, pero la leña seca escaseaba para lograr hacer tantas fogatas y alcanzar el calor necesario para derretir la nieve. A él le creció la barba por haberse dejado de afeitar por tantos días mientras que el largo de las uñas de ellas era excesivo a razón que dejo de cuidárselas durante el tiempo que estaba pensando.
Pasaron los días y las ideas no fluían, y las ideas no llegaban, y la solución no existía, la soledad se apoderaba de las mañanas, las tardes, los mediodía y las noches, se aislaban, no se hablaban, pero nada andaba mal, se daban cuenta que no conseguirían lo que querían uno del otro, por ello era mejor no acercarse demasiado. Cuando lo intentaban se arrepentían pues al acercarse se aguijonean entre sí y mientras más se acercaran más se aguijoneaban, y mientras más cerca se encontraban más daño se hacían. Por los momentos estar solo era la única manera de poder pensar tranquilo.
La imagen del jardín no abandonaba sus mentes, las acosaba suavemente, les cantaba al oído, les bailaba a los ojos, los seducía, los maltrataba a veces, el camino, qué tiene el jardín para mostrar en el camino. La duda los invadía, y se apoderaba de sus pensamientos, y tantos fueron los días que ya no podían concebir el mundo sin la pregunta “qué dice”. Y un día él se dejó caer dormido y por mucho tiempo no despertó.
Vivió en otro mundo, vivió en el mismo mundo, pero ya no tenía que ver con los ojos, sino que empezó a ver con los ojos de la mente. Las vacas volaban junto a él, y todo era normal allí donde estaba, todo tan natural, tan parecido, quizá no hacía falta despertar para seguir viviendo. Se encontró de nuevo con ella en el jardín, y lo recorrió una vez más. Y pasaron las estaciones nuevamente, primavera verano y en el invierno soñaba que se dormía y que volvía a soñar.
Y pasaban los días afuera, y la barba le crecía, las estaciones volvían, una y otra vez, una vez y otra más, indefinidamente, sueños de sueños, vuelta en espiral, pisadas en la nieve, sus huellas. Y a ella le hablaba en el plano onírico, en el jardín onírico, con su voz onírica, y le decía, oníricamente por supuesto, que lo que más deseaba era descubrir lo que en el suelo había. Pero ella no respondía más que frases ininteligibles de las cuales sobre se filtraban las palabras pasos sobre la nieve. Y cuando volvía al invierno veía sus pasos detalladamente como si en ellos estuviera la clave, pero solo veía la forma de sus pies cubiertos que apisonaban el blanco, cerca del camino.
Se quedaba allí sentado en el frío, en el viento, contemplando la huella, hablándole como si ella le escuchara, o como si ella le respondiera, la huella de la salvación se encontraba allí en la nieve, en la blanca y cruda nieva que no quería salir del camino. En todo caso no tenía sentido esperar que el clima cambiara y que el sol derritiera la nieve, ya habían pasado más meses de lo que una estación dura y el invierno recrudecía.
Vio una vez más la nieve, y la pisó muy fuertemente, la pateó con ímpetu haciendo que quedara una huella más grande que su pié plasmada en el suelo. Entonces vio con devoción el suelo, se arrodilló a llorar como si hubiese visto una madre que se pensaba que estaba muerta, dio gracias, y entendió lo que tenía que hacer.
Abrió lo ojos. Le ardían los ojos al contacto con el viento, pero una sonrisa florecía en su cara como quien sabe una verdad que más nadie ha descubierto. Salió apresuradamente de la habitación con cuidado de no pisarse la barba y en el recibo de la cabaña la encontró a ella con la misma sonrisa en la cara como si él se estuviese viendo al espejo. Ambos supieron entonces que habían tenido el mismo sueño.
Abandonaron la cabaña y se arrimaron al camino y ella hundió uno de sus dedos en la nieve hasta tocar el suelo, lo hizo repetidas veces en el mismo lugar hasta apartar completamente del suelo la nieve y este quedara al descubierto. La risita de satisfacción no pudo ser más notoria, no hacía falta remover toda la nieve sino que solo había que agujerear la nieve según el color que se estuviera buscando. El problema ahora era qué color buscar.
Los primero intentos de buscar un patrón de colores fue inútil, habían tantos que estaba pareciendo fútil la tarea. El procedimiento sin embargo era sencillo, iban tanteando el color buscado y lo que no desearan lo cubrían de nuevo con la nieve que era una materia prima abundante. Pero averiguar la secuencia de un momento a otro no fue tan difícil como por un momento pensaron.
Realmente no había una secuencia específica sino un tipo de piedras distinto. Mucho después la llamaron ellos la piedra lunar. Hicieron como pensaron, taparon todos los huecos que no correspondiesen a la piedra lunar en el espacio que ellos había designado para el estudio debido a la extensión de todo el camino. Restaba únicamente esperar la gélida noche.
Desafortunadamente era época de luna nueva y la noche era oscura, así que no pudieron comprobar la hipótesis de que la piedra brillaba a la luz de la luna, como una vez vieron que algo brillaba cuando nada cubría el camino. Esperaron a que la luna saliera de nuevo, pero la incertidumbre crecía pues la mayoría de las veces el cielo estaba nublado y todos lo días tenían que retocar el camino pues la nieve nueva tapaba los huecos recién hechos, lo cual los llevaría a la elaboración de un mapa de los puntos que había que perforar en el caso de una nevada a gran escala. De un momento a otro la luna llena apareció.
Y antes de atreverse a ver el camino por primera vez a la luz de la luna, la vieron a ella dándole gracias por haber aparecido. Una risa nerviosa se apoderaba de los dos y desembocó en una carcajada de alegría cuando vieron que la piedra efectivamente si brillaba.
Se treparon a un árbol para observar de mejor manera el color verde grisáceo tenue que reflejaba la piedra. Y en conjunto hacían letras, y las letras hacían palabras, y las palabras hacían la frase, y la frase los hizo felices. Minutos después cuando se acercaron a la fuente y vieron que estaba terminada la cara sonriente del ángel que echaba un chorro congelado de agua hacia el cielo, supieron en el acto quien había creado todo.
Entonces fue inevitable que volviera la primavera, y el jardín retomara sus colores verdaderos, era inevitable que todo volviese a ser perfecto, que se restableciera el equilibrio, era inevitable que volviera la felicidad a sus vidas, era imposible impedir la llegada de una primavera eterna al jardín que nunca abandonaron en toda su vida.
La frase.
Se la contaron a sus padres, a sus padres y amigos, se la contaron a todo el mundo que vieron ese día y que nunca habían dejado de ver aún si salir del jardín, ya no era un secreto, ahora era la frase que compartirían el resto de su vida y con la que habrían de vivir para siempre. Porque cierto era que tenían que amarse entre si tal como Dios los amaba a ellos en el momento en que el jardín se despegó del mundo tierra y se perdió arriba, en las felicidades del cielo. Cerca, muy cerca de quien había creado el vergel para ellos.
- Previous chapter
- Next chapter