El demonio que nos tienta

Abigail — Chapter 1

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Ella se sentó frente al horizonte, contemplando el sol cayendo detrás de la montaña, el viento susurraba en su oído, cantándole una dulce melodía, sus lágrimas iban secándose mientras una nueva sonrisa se dibujaba lentamente en su cara. Sus ojos hundidos en la lejanía, sus mejillas frías lucían pálidas y su cabello desordenado ondeaba.

            Sus manos estaban alrededor de sus rodillas y su cabeza se posaba tranquilamente mientras las horas pasaban sin piedad, el sonido de un trueno irrumpió aquellos parajes, la tormenta se acercaba. Ella seguía muda y quieta, sobre el pasto fresco. Pequeñas gotas de agua limpia caían sobre ella.

            Un vestido blanco de algodón con flores traslucidas caía suavemente hasta el suelo y se esparcía en la grama, una mancha carmesí se iba tornando oscura, la abertura nacía a un costado de su cadera en el vientre, violentamente interrumpido por el brillo metálico de un viejo cuchillo clavado.

- ¡Carlota!, ¡Carlota! ¿Dónde estás? – Gritaban los chicos a lo lejos en el valle.

- Carlota no volverá. – Repitió ella débilmente mientras respiraba por última vez, levantándose casi sin fuerza, poniendo su pie sobre aquel cuerpo inerte, con su mano temblorosa retiró lentamente el cuchillo del cuerpo. La sangre iba siendo limpiada por la lluvia que caía sobre aquella chica de vestido blanco y precioso cabello como el ébano, junto a aquella atolondrada chica de pensamientos confusos.

- No volverás. – Ella empujó con todas sus fuerzas hacia el precipicio y el cuerpo de una jovencita rodó hacia abajo, escuchándose a lo lejos un golpe seco. Ella volvió su mirada hacia ella misma, observando la profunda cortada en su pierna derecha, producto de la locura y de aquel cuchillo que ahora estaba en su mano.

- ¡No volverás! – La chica cayó de rodillas y su mirada se desvió de nuevo hacia el horizonte, pero las lágrimas eran incontenibles. Unos pasos se acercaban susurrantes y eran más cercanos a medida que pasaban los segundos. La lluvia caía violentamente y la oscuridad lo envolvía todo, los nubarrones gris cubrieron pronto la montaña.

- Abigail…– Un chico empapado apareció tras ella varios minutos después, entre la neblina. – ¿Qué has hecho? ¡Mírate! Estás sangrando…

- No me duele. – La chica lo miró débilmente con ojos opacos y hundidos, con las mejillas húmedas. Mientras el chico se acercaba y la tomaba por los hombros.

- Mira tu pierna, estás sangrando. Dame ese cuchillo antes de que algo peor ocurra…

- No me duele. – Abigail lo miraba vulnerablemente.

- Vamos al pueblo, Carlota aun no aparece. Yo te sostendré – Dijo el chico mientras Abigail caía débilmente victima de la fiebre y la debilidad.

- No me duele. – Repetía Abigail incesantemente.

- Te llevaré a casa. – Dijo el chico cubriéndole con su camisa y cargándola en sus brazos.

- ¿Qué haces allí Nathaniel? – Dijo un chico delgado que llegaba corriendo entre la espesa neblina. – ¡Vamos! La lluvia va a empeorar, debemos buscar refugio. ¿Encontraste a Carlota?

- No. Aun no… Solo Abigail que está herida, debemos apurarnos y llevarla a donde Madame.

- Nathaniel, todo el pueblo lo dice. – Dijo el chico nervioso y temblando como una pequeña hoja.

- ¿qué es lo que dicen? – Preguntó Nathaniel mientras avanzaba con Abigail en sus brazos.

- Carlota está embarazada. – Dijo el pequeño chico.

- Lo se, es mi culpa. Debemos encontrarla. - Repitió Nathaniel preocupado.

- ¿Abigail lo sabe?

- No, espero que no… - Dijo Nathaniel bajando por el sendero hacia el pueblo. El viento cómplice ahora húmedo golpeaba el cabello de la chica inconsciente, mientras los tres se iban perdiendo en la neblina y la oscuridad.

***********

- ¡Carlota está muerta! – Gritó un jovencito, mientras todos volteaban en el pequeño ambulatorio de aquel pequeño pueblo. La habitación estaba tranquila, una decoración sencilla de flores blanca sobre un jarrón viejo. Las paredes de blanco y una cortina bordada con una ventana que daba hacia la colina. Había una lámpara de aceite sobre la mesa y una chica tendida en la cama. Ella respiraba lentamente mientras que una mujer vestida de blanco le media la temperatura.

            Una radio vieja sonaba de fondo con alguna canción triste y melancólica, y la lluvia no se detenía, los truenos sonaban y alumbraban la habitación de vez en cuando.

            Dentro de su mente mil pensamientos corrían a la velocidad de la luz, el cuchillo, la cortada, el cuerpo de Carlota rodando, el grito y las lágrimas. Un calor la sofocaba de repente y empezaba a escuchar los sonidos de su alrededor.

- ¡Carlota está muerta! – Dijo la voz de un chiquillo que irrumpía en la habitación.

- Fabian, ya lo se. No lo tienes que gritar. – Dijo un chico que ocultaba su mirada entre sus brazos y su cara permanecía fuera del alcance de la vista.

- Esta niña tiene demasiada fiebre. – Señaló la enfermera bajo sus gafas gruesas hacia el chico. - ¿Cómo sucedió todo?

- Nathaniel la encontró en la colina, cerca del precipicio. – Dijo el chico alzando la mirada. – Todo fue un accidente, Abigail estaba muy débil.

- Tu hermana intentó suicidarse. Solo que debido a su poca inteligencia, no fue capaz de encontrar una vena importante – Dijo la enfermera con mirada fija en el chico.

- Fabian, vete ya! – Dijo el joven mientras el chiquillo se iba corriendo hacia el pasillo. La enfermera se secó el sudor de la frente y observó el viejo reloj.

- No puedo arriesgarme a darle medicina, sabes que hay riesgo… - Dijo la enfermera volteando de nuevo al joven.

- Parecen muchas tragedias juntas. Primero Carlota desaparece, mi hermana intenta eso y… ahora… - El chico volvió a callarse con voz temblorosa.

- Así que Carlota está muerta. Carlota Anaira Krausser, la vi nacer, ayudé a su madre cuando dio a luz. Gustavo ¿Cómo sucedió lo de Carlota? – La enfermera miraba a través de sus gafas al joven que se encontraba en una esquina

- La encontraron hace varias horas en las orillas del rio, fue despreciable lo que le hicieron.

- ¿Qué fue lo que le hicieron? Si se puede saber…

- La apuñalaron con un cuchillo en el vientre, la lanzaron río abajo en la cascada, tiene moretones producidos por el choque de su cuerpo con las rocas. No quedaba rastro de su belleza! Recuerda como era de hermosa esa niña…

- Anaira Krausser fue siempre una niña adorable, de naturaleza divina. Es una lástima que le haya ocurrido eso. – Dijo la enfermera volteándose. - ¿quién habrá sido el asesino?

- Nadie sabe… ¿Quién podría haber querido asesinarla? Ella nunca le hizo mal a nadie. Pobre niña!

- ¿Que dijo el jovencito Nathaniel?

- Nada… está aun en shock. – Dijo Gustavo tragando saliva nervioso mientras observaba la ventana.  – Esta lluvia lleva varios días, desde que Abigail fue encontrada. Es como una maldición enviada por Dios.

- No jovencito, Dios no maldice. Solo los hombres se encargan de crear su propia miseria entre ellos mismos. – Dijo la enfermera abandonando la habitación que quedó a oscuras. Entre el viento de la lluvia tormentosa, los truenos y la radio que ahora estaba mal sintonizada.

- No… me… duele. – Dijo la débil voz de Abigail. Lentamente abrió sus ojos y todo iba volviéndose nítido en medio de la oscuridad, sus ojos miraban confundidos tratando de reconocer donde se encontraba, movió sus manos y descubrió que no le pesaban tanto. Había despertado de un sueño largo, se sentía débil y aun tenía fiebre, pero el malestar iba pasando. Sentía unas nauseas horribles y el olor a medicinas lo empeoraba, movió su cabeza y lentamente se levantó. Observó a su hermano acostado en un sillón mirando la ventana mientras fumaba un cigarro.

- No me duele. – Repitió Abigail más fuerte. Su hermano volteó a observarla extrañado.

- ¡Abigail! Has despertado. ¡Chica idiota! ¿Qué has intentado hacer? Nos tenías preocupado a todos… si no te duele, a mí si me duele. – Dijo Gustavo rudamente mientras los ojos de su hermana brillaban debido a las lágrimas.

- No me duele. – Dijo Abigail con varias lágrimas en los ojos.

- ¿Solo sabes decir eso? – Gritó Gustavo. – Debiste haberte muerto esa noche que te le resbalaste de las manos a Mamá. No entiendo porque intentas atentar contra tu vida, habiendo problemas de verdad.

- No me duele. – Repitió Abigail en su cama bajando la cabeza.

- ¡Maldita sea! ¡Cállate! – Gritó Gustavo perdiendo el control. La enfermera volvió a entrar preocupada.

- Joven, no le grite a Abigail. Puede alterarla. – Dijo la enfermera avanzando seriamente y tocándole la frente a Abigail con su mano. – Esta fiebre no pasa, pero ha disminuido un poco. ¿Cómo te sientes Abigail?

- Maldita sea, Cállate – Repitió Abigail algo asustada.

- Mira lo que has hecho Gustavo, le has enseñado a tu hermana una nueva palabra. – Dijo la vieja enfermera algo enojada mirando a Gustavo. Este solo se encogió de hombros retirándose mientras lanzaba la colilla del cigarro a la basura bruscamente.

- No te preocupes niña, estarás mejor.

- Maldita sea, cállate. – Dijo Abigail.

- Mejor mantente quieta. En unos días podrás regresar a casa con Gustavo, aunque no se si eso sea lo mejor. – Dijo la enfermera volviéndola a acostar. – ¿escuchaste a tu hermano?

            Pero Abigail miró vagamente con una sonrisa triste, asintió con la cabeza lentamente.

- Carlota, tu amiga Carlota está muerta… Están buscando al asesino. – Dijo La enfermera y Abigail adoptó una mirada triste y asustada. Sacudió la cabeza y se volteó.

- Todo estará bien, solo descansa.

*****

            El sol se asomaba por la ventana al amanecer, a pesar de que hace algunos días hubiese llovido a cantaros el calor se apoderaba de la zona. El techo de zinc calentaba la habitación y Abigail abría sus ojos, se levantaba lentamente mientras se vestía. Miraba hacia el closet donde había muchas cintas de colores pegadas, sonrió al verlas y avanzó para alcanzarlas. Las cintas fabricadas en sedas, se movían alegremente en su mano mientras ella las agitaba. Su cabello lucia despeinado, pero sus ojos ya no estaban hundidos. La herida en su pierna había mejorado bastante y solo hacia falta de cambiarle vendajes. Escuchó unos pasos veloces y la puerta se abrió de repente.

- ¡Eres una zorra inmunda! – Gritó Gustavo enojado. – Hoy me enteré de cómo has deshonrado el nombre de nuestra familia y nuestros difuntos padres.

- ¡Eres una zorra inmunda! – Dijo Abigail ocultándose en un rincón de su habitación.

- ¡Basta! No vuelvas a repetir lo que digo. ¿No entiendes lo que digo?

- ¡Eres una zorra inmunda! – Dijo Abigail arrodillada en el piso asustada mientras se tapaba la cara.

- Tendremos que irnos de este pueblo, antes de que tu vientre crezca y se note el embarazo. Ya todos lo saben y se ríen a mis espaldas. Peor aun… me enteré de quien fue quien te ha follado.

- ¡Eres una zorra inmunda!

- ¡Cállate y escúchame! – Gritó Gustavo rojo de la ira. – Tenias que dañar tu reputación al acostarte con el novio de tu única amiga que ahora está muerta. Nathaniel me lo dijo hoy… justo antes que le partiera la cara.

- ¡Eres una zorra inmunda! – Dijo Abigail temblando.

- Escucha bien, ¡tarada! – Gustavo sujetó a su hermana por el vestido y la acorraló contra la pared. – Aprende a cerrar las piernas y no hagas cosas que no debes. Se que me escuchas y me entiendes, porque fuiste inteligente para colarte en la cama de Nathaniel y de agarrar ese cuchillo y clavártelo en la pierna. Ojala hubieses sabido que debías clavártelo aquí mismo! – Gustavo tocó su pecho justo donde estaba el corazón. Soltó a Abigail y se fue furioso hacia la cocina. Abigail quedó temblorosa llorando en silencio en el piso…

- ¡Carlota No volverá!, ¡no volverás!, ¡no me duele!… ¡Maldita sea, Cállate! ¡Eres una zorra inmunda!. – Repetía Abigail llorando en el piso mientras su cabello le cubría la cara, sus ojos llorosos se clavaban en el techo y su vestido se ensuciaba debido al polvo que había en el piso.

*******

- ¡Allí estás! pequeña Abigail. – Sonreía una chica de cabello negro bien cuidado en la plaza sentada.

- ¡Carlota! – La joven Abigail sonriente corrió a los brazos de su amiga. Su cabello ondulado se movía en un ritmo constante hasta llegar al lado de ella.

- Nathaniel me contó que esta mañana te pasaste por el taller. – Dijo Carlota. - ¿Qué hacias alla?

- Jugar al chu-chu. – Dijo Abigail dudando con voz ronca y sonriendo nerviosa.

- Nathaniel aun está haciendo ese trencito de madera. ¡Que laborioso! – Carlota sonrió mientras peinaba el cabello de Abigail. Las dos amigas estaban sentadas a la sombra de un arbol. - ¿Puedo confesarte algo?

            Abigail asintió con su cabeza y siguió jugando con su cabello que estaba algo opaco.

- ¡Nathan y yo somos novios! – Dijo Carlota sonriendo. – Nos besamos un buen rato. No se lo hemos contado a nadie. Es nuestro secreto. – Abigail observó a Carlota un segundo y el brillo de alegría en su mirada se apagó de repente.

- Son novios… agarrados de la mano. – Dijo Abigail balbuceando y dudando.

- Algo así, dice que le gusta mi cabello negro. Le gusta mis caderas, la gusta mis pechos. Le gusta todo de mi, hasta mi estrecha cintura. Dice que acariciaría con sus labios mi cuerpo entero. Muy atrevido ¿no?

- Acariciar – Abigail miraba nerviosa a Carlota.

- Pero no le he dejado. – Dijo Carlota seriamente. – Abigail, ¿estás bien? Se que me dijiste hacer algún tiempo que Nathan te gustaba, por eso quería decírtelo a ti primero. Para que lo sepas de mi boca y no de los chismosos.

- Está bien. – Dijo Abigail con una ligera sonrisa mientras la brisa de verano volvía a soplar.

- Me preocupabas bastante. Ya veo que todo está bien. – Carlota se acercó y abrazó a Abigail como si fuese su hermana.

********************

- ¿Qué hacia mi hermana con este cuchillo? Según veo es de tu colección de cuchillos y navajas para tallar la madera – Preguntó Gustavo en el taller de carpintería de Nathaniel.

- Supongo que lo agarró debido a la última pelea que tuvimos. – Dijo Nathaniel tomando el cuchillo de las manos de Gustavo. – ¡Tu hermana está medio loca!

- Lo se, está chiflada. Pero ella nunca ha agarrado cuchillos ni nada peligroso.

- Yo se, ella tampoco intentaba suicidarse y ya ves, la encontré con el cuchillo cerca de su pierna. Tu hermana necesita ver un psiquiatra. – Dijo Nathaniel volviendo a su carpintería y tallando una pequeña figura. – Gustavo, no le digas a nadie que tu hermana espera un hijo mío.

- No lo haré, me la llevaré del pueblo. – Dijo Gustavo. – Pensé que eras mi amigo, me haces esto con mi hermana. Por cierto… ¿qué discusión fue esa que tuviste con Abigail el día de su accidente?

- Nada importante. Le dije que no se pasara tan a menudo por aquí. La gente podría sospechar, y ya sabes que Carlota últimamente pensaba que yo estaba viendo a alguien.

- En efecto, así fue… - Dijo Gustavo algo enojado.

- No quería mas presiones. – Resolvió Nathaniel en forma de evasiva.

- Eres un bastardo. – Gustavo disimuladamente agarró el cuchillo de nuevo y observó su cara reflejada en la hojilla. Lo miró un buen rato.

- Lleva a Abigail a la ciudad, haz que aborte… no tienes que dejar que el niño nazca. – Dijo Nathaniel tallando una figura de madera

- Quizás lo haga. ¿Qué han sabido del asesino de Carlota?

- Nada aun. – Dijo Nathaniel suspirando y deteniéndose en su trabajo. – Ojala lo encontrasen.

- Según supe, le clavaron un cuchillo en el vientre. – Dijo Gustavo observando de cerca el cuchillo.

- Algo así. La gente está loca. – Dijo Nathaniel.

- ¿sabes que? – Dijo Gustavo algo filoso como el cuchillo en su mano. – Carlota estaba embarazada cuando fue asesinada.

- Lo se… me lo había dicho esa semana. – Dijo Nathaniel deteniéndose

*******

- Nathaniel, Abigail me contó lo que tu le hiciste, abusaste de ella. – Carlota aguantaba las lágrimas. - ¿Sabes que me da rabia? Yo te amaba y estaba dispuesta a darte un hijo… pero mira como respondiste a mi amor. Me engañaste.

- Carlota, yo te amo. Como a nadie más, y ese hijo será nuestra bendición. – Dijo Nathaniel besando el vientre de su amada, pero Carlota rompió a llorar entre rabias.

- No quiero que me vuelvas a tocar. Cada beso tuyo me lastima más y más. Me tengo que olvidar de ti, mira lo que hiciste… dañaste a mi mejor amiga, me has engañado todo este tiempo.

- No Carlota, no me puedes dejar ahora. Yo te amo. – Esta vez Nathaniel suplicaba de rodillas. Pero Carlota se apartó de su lado secándose las lágrimas.

- No me vuelvas a buscar, no te quiero ver. No volverás a saber de mi…

- ¿Y que pasará con nuestro hijo?

- No va a nacer… yo me aseguraré de ello. – Dijo Carlota con rabia.

–    Si intentas apartarte de mi lado Carlota, juro que pagarás. No serás mía, pues no serás de nadie más. - Nathaniel sacó un afilado cuchillo para atacar a Carlota, pero Abigail salió de los matorrales y se interpuso entre Nathaniel y Carlota.

–    Maldita retrasada, quítate. - Dijo Nathaniel. - No entiendes nada de esto.

–    Nathaniel ¿Qué haces? - Gritó Carlota inútilmente, Abigail gritó de dolor. El cuchillo se había encajado en su muslo izquierdo. Nathaniel lo retiró de la herida y corrió tras Carlota.

–    Ese niño me pertenece. - Dijo Nathaniel mientras la asfixiaba. - No te necesito, lo obtendré tarde o temprano. Tu no entiendes nada... aunque dejes de existir ese niño seguirá viviendo. Pero no quiero que lo encuentren tan rápido.

            Abigail se levantó sangrando y con formidable fuerza empujó a Nathaniel ocasionando que cayera al suelo golpeándose la cabeza. El hombre estaba inconsciente en el suelo y Abigail miraba a su mejor amiga.

–    Abi, Abi... ¿Qué significa esto?

–    Nathaniel, el es... ¡es el!. El bebé, es... como yo. - Dijo Abigail mostrando sus muñecas con cicatrices, mientras tartamudeaba. - No lo tengas.

–    ¿Cómo tu? - Preguntó Carlota.

–    ¿Micelina no te contó? La niña que nunca tuvo padre y que nació en una isla desierta junto a su madre, era yo... volverá a pasar. - Abigail hablaba con soltura con una voz que no parecía de ella.

–    ¡Tu! ¡Tu eres la chica de Bragoscaba! ... ¿Tu? Pero... Nathaniel... ¿estás segura?

–    Lo estoy, el es mi hermano.

–    No, no.. ¡NO! Asesíname Abigail, mátame y evita que la criatura nazca. Debo evitar una tragedia.

–    No puedo hacerte daño. – Abigail se asombraba ya que podía hablar normalmente. – No puedo. ¡No puedo!

–    Pero yo si puedo. – Carlota asustada tomó el cuchillo y se lo clavó ella misma en el vientre. Lloraba sin cesar y gritó de dolor. Abigail estaba petrificada de la impresión.

–    No dejes que me encuentren, no lo dejes por favor. – Dijo Carlota llorando. Cayó sin fuerzas al suelo.

Una figura alta tras de ella se levantó sonriendo, lanzaba carcajadas frías malévolas.

- ¡Carlota no volverá! ¡No volverás! – Nathaniel parecía más alto, sus ojos con un par de halos rojos y su piel era escamosa de un extraño color rojo. Su aliento era potente.

- No me duele. – Gritaba Carlota antes de perder la conciencia. Abigail estaba inmóvil, se acercó a Carlota y la acariciaba su rostro.

      Nathaniel ya se había ido, no había rastros de él por ningún sitio. Abigail debilitada por la honda herida en su muslo miraba hacía el precipicio, no tenía el valor de hacerlo, no podía. Pasaron horas hasta que se escucharon los truenos, lejanamente las voces de los chicos del pueblo.

- ¡Carlota!, ¡Carlota! ¿Dónde estás? – Gritaban los chicos a lo lejos en el valle.

- Carlota no volverá. – Dijo Abigail, en pocos momentos sería encontrada y llevada a casa. Pero Carlota su mejor amiga jamás volvería.