El demonio que nos tienta

Elisa — Chapter 2

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Era ella una joven muy talentosa, en el viejo pueblo se encargaba de confeccionar los mejores trajes. Siendo huérfana desde muy pequeña, desde los 13 años se había destacado en los telares y con la aguja. Ya habían pasado 7 años desde que explotaba su don innato. Pasaba horas en el taller perfeccionando su técnica, suspiraba mientras volvía a seguir. Cantaba alegres melodías y atendía a sus invitados.

Pasaba las tardes y solo interrumpía su trabajo para probar aquel exótico té de menta que ella solía preparar cerca de la estufa. Su rizado y rubio cabello era ordenado en un moño, mientras su vestido de algodón heredado caía arrugadamente. Sus manos eran tan delicadas y su piel tan blanca como la leche, sus mejillas eran rosadas y sus ojos amarillentos. Su figura menuda y delgada se movía con gracia por el viejo taller situado en el ático de aquella vieja casa.

Con cuidado remendaba aquel pantalón beige perteneciente a su amado, era su prometido con quien convivía en aquella casa. Entre tantos pensamientos, sonreía mientras reflexionaba sobre su vida y aproximaba una fecha para la boda. En un segundo sintió un pinchazo ligero, sin querer había atravesado su dedo.

Rápidamente caminó hacia la puerta y fue a uno de los lavabos del pasillo, la ventana estaba abierta y ella miraba perdidamente hacia la pradera y los árboles mientras limpiaba su dedo. La madera crujía suavemente mientras caminaba lentamente. Nada era grave, iba a volver al ático para terminar sus labores, pero un ruido la hizo voltear. Venia de la habitación principal. Lentamente camino y abrió la puerta, podía ver la cama donde yacía un hombre alrededor de 25 años, de cabello alborotado y color paja, ojos pardos y piel tostada. Su cuerpo estaba mojado en sudor y cubierto por sabanas.

- ¿Y bien mi vida? ¿Cómo sigue la fiebre? – Dijo la joven con una dulce voz mientras se acercaba a acariciar a su amado.

- Mejor. Ya me siento bien. Descansaré y mañana regresaré al trabajo. – Dijo el hombre sentándose y dejando descubierto su pecho.

- Ponte una camisa, podrías agarrar un mal aire. ¡Qué descuido! La ventana está abierta. – Dijo la joven muchacha cerrando la ventana rápidamente, se agachó para recoger varias hojas regadas de facturas y viejas cartas.

- Estoy bien. ¡Desvístete mujer! – Dijo el hombre con voz ronca.

- ¿Cómo? ¿De que hablas? – La jovencita volteó algo sorprendida y asustada por aquella orden.

- Esta noche serás mía. – Dijo el hombre levantándose.

- Esto es repentino, dijiste que esperaríamos hasta la boda. ¿No me lo prometiste? No tocarías mi virginidad hasta esa fecha  – Dijo la chica temblando ligeramente, mirando los ojos pardos de su amado. Ella retrocedía nerviosa.

- Ya habrá tiempo para fechas. Pero mientras tanto… ¡Desvístete ahora mismo! – Él avanzó y la arrastró hacia la cama, furiosamente la hizo despojar de sus ropas y tomó posesión de ella. La chica no se opuso, por primera vez ella se entregaba a él.

- ¡Su madre estaba loca! – Dijo una joven de cabello negro a la jovencita quien lucia mucho más contenta de lo usual.

- Lo se, sufrió abandono de su esposo. Tuvo que criarlo sola, y luego… se suicidó. – Dijo la joven mientras cosía un vestido encargado de hace tiempo.

- ¿No tienes miedo de que tus hijos salgan locos así como su madre? – Preguntaba angustiada la joven de cabello negro y liso, sus ojos cafés miraban nerviosos.

- Nada malo va a pasar Brígida, ya estamos en planes.

- ¿Dónde está su padre? – Preguntaba la joven.

- Murió hace muchos años, creo que desconfías de él. Yo soy quien se va a casar con él. – Dijo la joven de ojos amarillos volviendo a su costura de una manera tranquila.

- No te cases, no lo hagas… tengo motivos. – Dijo Brígida temblando como una hoja.

- ¿De que hablas? – Preguntó la joven sin mostrarse interesada del todo.

- Yo lo vi aquella noche, estaba furioso. Hizo como la madre, lo vi… vi su sangre. – Brígida temblaba y contenía las lágrimas.

- ¿Qué sangre?

- Hace un mes, fue cuando Filomena llegó al pueblo. Iban a encontrarse en la Taberna, se vieron y luego de un par de copas fueron a vuestra casa. Tu dormías mientras. Yo escuché un ruido ligero. Bajé pensando que serían los gatos… pero no, allí estaban ellos dos besándose.

- Por favor Brígida. No deshonres la memoria de Filomenta. No la conocí, pero el hecho de que haya sido novia de él no te da derecho de difamarla.

- Eran amantes, ella vino a recordarle su antigua vida antes de venir a este pueblo. – Brígida hablaba entrecortada.

- ¿qué dices?

- Fueron al sótano, yo observé desde afuera y me escabullí silenciosamente, entré por la puerta que tu me enseñaste la otra vez. La que lleva directo de la cocina a los cuartos y tiene un pasadizo al sótano, escuchaba gemidos. Estaban volviéndose uno.

- ¡Mientes! El sótano está sellado desde hace 20 años. – Sus mejillas rosadas temblaban de furia.

- La vi sangrar. Debes creerme. Él la besaba a ella, y cuando ella le susurró al oído, él la atravesó con un machete. La asesinó y ella no tuvo tiempo de gritar o correr, le tapó la boca y la despedazó viva. Mi horror fue descubrir que no era la primera vez que lo hacia… allí dentro del sótano tiene los demás cadáveres.

- ¡Fuera de aquí Brígida! ¡Mientes! ¡Has enloquecido! – Exclamaba la joven gritando entre lágrimas de miedo. Brígida retrocedió y se marchó, dejándola sola. Sus ojos daban vueltas en la habitación, y escuchó como Brígida había abierto la puerta de la vieja casa y se alejaba.

            Estaba descalza y avanzó hasta la puerta, el pasillo se veía mucho más tenebroso, estaba segura que todo era mentira. Un sonido extraño venía de la cocina. Bajo por las escaleras y sintió una tensa respiración detrás de ella. Volteó y no había nadie, solo el viento resoplaba en la ventana. La sala se mantenía todo en orden, todo en su lugar. Llegó a la cocina y la estufa hervía, el te de menta estaba listo.

            Un extraño sabor le vino a la boca, un sabor ácido. El sol se estaba ocultando entre las nubes. Observaba el pasadizo que conducía al polvoroso patio y la puerta del sótano muy cerca, cada paso que daba sentía como el piso de madera crujía más. Algo le advertía que no debía seguir hasta la puerta. Caminó lentamente y se paró frente al viejo sótano. En efecto la puerta estaba cerrada y ella apoyó su oído para tratar de escuchar más allá. Del otro lado todo permanecía en silencio, todo estaba muerto hasta que escuchó:

- ¡Elisa! – Escuchó una débil voz que la llamaba detrás de la puerta del sótano que se abrió de repente, ella miró consternada hacia el oscuro sótano. Retrocedió algo asustada y desconfiada, no estaba allí por error. Fue a la mesa de la cocina y buscó una lámpara de aceite. Atravesó la cocina y alumbró las escaleras que llevaban al viejo sótano.

            Allí se encontraba ella bajando, sintiendo una pesada presencia que le hacia compañía, todo estaba lleno de polvo y humedad, aquel lugar no habría sido abierto por años. Escuchó un ligero sonido y unas ratas desaparecieron de la luz rápidamente.

- Este sitio está plagado de ratas. Debo decirle a… - un sonido de un tarro de cristal quebrado se escuchó en un rincón, estaba demasiado oscuro y ella decidió alzar la mano con su lámpara para alumbrarlo todo. Al observar el rincón una de las ratas comía los restos del contenido del tarro. El olor de excremento y podredumbre era fuerte. Empezó a retroceder de espaldas y se tropezó con algo, una especie de bolsa plástica, volteó y casi muere al encontrarse con una cara que la miraba. Dejó escapar un chillido agudo del susto y sujeto la lámpara con más afán.

            Del techo colgaba un gancho con un cuerpo sujetado y cubierto por una bolsa plástica. La pobre joven gritaba del miedo y más aun cuando se percató de que aquella cara desfigurada con gesto macabro era conocida: ¡Era Brígida!

- ¿Qué es esto? – La joven gritaba y lloraba, seguía observando la hilera, habían más cuerpos en distintos grados de descomposición y otros momificados, todos de mujeres. Una de esas mujeres era Filomena. Ella soltó la lámpara debido al susto y subió por las escaleras lo más rápido que pudo, llegando a la puerta de la cocina de nuevo. Al abrirla el horror comenzó. El joven con cabello de paja observaba a su prometida con una mirada horrorizada.

- ¡Nathaniel! – La joven Elisa quedó paralizada del miedo, sus pies descalzos y sucios temblaban y sus ojos miraban todas las direcciones. Su boca estaba seca y no sabía que decir.

- ¿qué hacías en el sótano? – Dijo el joven que miraba a su novia de una manera indiferente.

- Nathaniel, ¿qué significa todo esto? – Elisa dejaba derramar varias lágrimas.

- ¿De qué hablas? – Dijo Nathaniel sujetando su brazo, y Elisa intentó soltarse.

- Las asesinaste a todas. A Brígida mi mejor amiga… a Filomena. ¿Por qué hiciste eso? ¡Déjame ir!

- Yo les quite algo más preciado que sus vidas. Les quite la pureza, en venganza a la pureza que tu padre le quitó a mi madre. – Nathaniel lanzó a Elisa contra el suelo y se abalanzó sobre ella como si sus motivos hubiesen sido obvios desde el principio.

- ¿Mi madre? ¿Qué tiene que ver ella en esto? – Elisa gritaba asustada mirando los ojos furiosos de Nathaniel.

- Tu madre Carlota, ella hizo que yo fuese huérfano de padre y que luego mi madre se suicidara. Carlota…

- ¿Tu conociste a mi madre? Nathaniel, ella murió antes de yo nacer. – Elisa lloraba y Nathaniel inmovilizó su cabeza contra el suelo.

- Te hice venir a mi Elisa… eres la hija de Carlota. Te traje hasta mi trampa y te quite lo que más valorabas, tu pureza. Y eso era lo que me faltaba para llevarte a la tumba con tu madre.

- Nathaniel, no me hagas daño. Por favor… no me toques. Tu me amas, yo te amo… no me hagas daño. Tu madre Abigail está muerta y mi madre también.

- Nuestras madres eran amigas, hasta que tu fuiste concebida. – Nathaniel respiraba sobre ella. – Supe toda la historia luego de haber crecido. Buscaba a Carlota aunque estuviese muerta, buscaba a su hija para despedazarla y cumplir con la venganza de Abigail, venganza que heredé por sangre. Mi madre eliminó a tu madre, y…

- Nathaniel, ¡reacciona! No me toques que estoy asustada. – Dijo Elisa tapando su cara con las manos.

- ¿Qué te pasa?

- Estoy embarazada de ti. – Dijo Elisa casi horrorizada.

- Lo se, al igual que todas tus amigas que están en el sótano. Todas embarazadas de mí y asesinadas antes de poder traer al mundo a esas malditas criaturas. Y ese será tu destino… ese debió haber sido tu destino, morir antes de nacer. Ese hubiese podido ser mi destino.

- ¡Nathaniel! ¡Déjame ir! – Dijo Elisa llorando en un grito ahogado.

- Elisa, tú y yo somos hermanos. Somos una aberración, no nos podemos casar. – Nathaniel se levantó y arrastró a Elisa hasta la sala.

- ¡Suéltame!

- Somos un pecado, nuestra carne es un pecado. Mi padre es tu padre, hemos cometido incesto. – Dijo Nathaniel mientras empujaba a Elisa al lado del viejo piano.

- ¿Porqué haces esto? – Lloraba Elisa.

- Porque cada noche antes de irme a dormir, mis victimas vienen a sonar sus cadenas y a azotarme. Carlota me persigue, tu madre me atormenta y todos los días amanezco envuelto en su sangre. Mis victimas me siguen y la sangre de ellos me marca para siempre.

- ¿Por qué has hecho todo esto?

- Fui condenado a una vida maldita, de día trabajo en el taller que fue de mi padre y de noche busco sangre para ofrecer por mi maldición. Mis demonios me persiguen y no me dejan en paz, porque mi madre antes de morir me dejo esta deuda terrenal y no me puedo quedar en paz.  – Nathaniel se sentó en el sofá gritando y maldiciendo.

- No viertas más sangre inocente. – Dijo Elisa reducida en un rincón débil.

- No lo voy a hacer Elisa, quise asesinarte. Pero de verdad te amo demasiado. Te maldije para siempre, pero una bendición te envuelve, no puedo tocarte. Eres tan hermosa como tu madre, no tienes la culpa y eres tan ingenua.

            Una ráfaga de viento sopló y la ventana se estremeció, la puerta se abrió súbitamente.

- ¡Huye! ¡Quiero que huyas de aquí! No mires atrás y no te detengas. No me importa lo que escuches o veas. Vete lejos de aquí. – Dijo Nathaniel señalando la puerta. Elisa se levantó temblorosa y observaba a Nathaniel llorando y gritando.

- Nathaniel… ¿Por qué?

- No es mi culpa, alguien más envió este castigo sobre mí.

- Te amo. – Dijo Elisa.

- Yo también te amo Elisa. Prefiero morir atormentado por ellos que tocarte un solo cabello dorado.

-  ¿Podré algún día estar contigo?

- No, porque ellas ya vienen a llevarme. – Dijo Nathaniel y en la puerta de la cocina se asomaron varias mujeres que observaban la escena. Lucian pálidas y desaliñadas. Eran las victimas de Nathaniel que se movían lentamente avanzando con una mirada perdida. Eran cuerpos sin alma, pútridos y hediondos.

- Venimos por ti. – Era una voz de ultratumba.

- Vete de aquí Elisa. – Gritó Nathaniel cuando aquellos cadáveres andantes cayeron sobre él. Elisa corrió como nunca en la oscuridad de la noche, había reconocido a cada uno de los cuerpos sin vida que se movían. Elisa corría mientras lloraba, escuchaba gritos y golpes, se iban alejando y sus pies sangraban. Se iba alejando y la noche de horror apenas comenzaba. En su vientre la maldición se perpetuaría.