El demonio que nos tienta
Lucila — Chapter 3
Desde niña he sido muy sensible, puedo percibir cosas que las demás personas suelen ignorar. Toda sensación la percibo con una magnitud mayor de la que la gente promedio suele percibirla. El clima cambia y puedo predecir tiempos tormentosos, y días de tristeza. Puedo disfrutar del éxtasis de la alegría, pero desde hace algún tiempo una pena ajena me agobia. No me deja respirar y me ahoga en lágrimas, ¿Por qué lloro si todo es perfecto? ¿Por qué me afecta tanto? ¿Quién me está usando para drenar su tristeza en mí? Veo caras pero ninguna me dice nada, oigo voces que se sienten frías y siento roces con mi piel que se van volviendo rugosos. Siento un beso cálido en la frente al despertar, y puedo respirar tranquila. Me hago fuerte, pero no podré seguir si mi mente está invadida eventualmente por la intranquilidad. Me dan ataques de angustia, de tristeza, de desesperación. Cada vez estos ataques son más notorios, cada vez son más fuertes y quedo más débil.
Camino desorientada cada vez que me sucede, camino sin rumbo y mis pensamientos se vuelven confusos unos entre otros. Hoy fue el día en que puse fin a todo mi dolor. Salí de casa con la disposición de oler a mi victimario y verdugo. Su poder penetra en mi mente y no me deja en paz, yo misma podría reconocerlo si tan solo se parara 5 metros cerca de mí. Otro día que llego a sus brazos y beso sus dulces labios, sin saber que llevo un puñal en la espalda, olfateo y sus brazos se sienten seguros. Dudo un par de veces mientras el me da la espalda estratégicamente, empuño mi arma dispuesto a darle muerte, pensando en lo mucho que lo amo, en lo mucho que me hace sufrir, en su mente que me manipula y no puedo seguir. No es él quien me está asesinando lentamente, no es él quien me desespera. Me detengo en seco y caigo al piso llorando. El me observa y limpia mis lágrimas, me ha dado tiempo de guardar el puñal filoso. Estoy arrepentida, porque dudé de su amor y pensé en darle muerte a la persona a quien más he amado. Me siento fatal de haber dudado de la única persona que no ha dudado de mí nunca.
Lo abandono rápidamente y cruzo la calle, le he prometido que volveré tan pronto consiga lo que estoy buscando. Cuando asesine lo que me está matando. Y de nuevo la angustia me invade hasta que me tumbo en el camino. El sol quema mi espalda y mis piernas tiemblan inseguras, mis pies polvorientos encajan menudamente en las sandalias viejas que llevo puestas. Mi cabello se despeina, es de familia. Mis ojos miran fijamente el suelo por un rato indefinido. La angustia se va acrecentando y el puñal está fuertemente apretado en mi mano izquierda, mano con la escribo poemas y canciones de amor.
Una voz susurrante se acerca, por la calle viene una figura que puedo reconocer y a quien por primera vez puedo voltear a ver sin olvidar su rostro. Mujer de mediana estatura casi como yo, con ojos sombríos y labios finos, nariz ancha y frente prominente. Acento extranjero y cabello tupidamente rizado en color café, seguro es la primera vez que me pregunto su procedencia y la observo detenidamente. Su cabello llega a la cintura y la expresión de su rostro es de amargura, pero al mirar de reojo mi presencia se planta una sonrisa en su rostro. Quizás trata de decirme: “todo está bien”. Ella pasea su vista por mis ojeras, por mi piel gastada y opaca, observa mis huesos porque cada día pierdo más peso.
La reconozco de inmediato y se que Nathan la conoce de hace mucho tiempo, la había amado pero todo había terminado, siempre me pregunté porque. Aquello no fue nunca tan grande como pensé, o quizás me equivocaba. Cuando las lágrimas comenzaron a brotar y ella siguió en su paso fue que entendí. Observé como arrastraba sus pies por el polvoriento camino, un hombre ignorado por mi abrazaba su ancha cintura y sus voluptuosas caderas, exótica y fatal; era la hija de Abigail.
Se quien es ella, y por primera vez conozco su historia. En mi mente miles pensamientos pasan por un segundo, la luna llena se eclipsa sobre aquel tejado. La noche lo envuelve todo y un llanto suena a lo lejos, una joven mujer está desangrándose en el piso entre las sabanas y Abigail la observa sonriente, la misma sonrisa frígida que he visto en el rostro de su hija. Una niña yace en el piso de aquella habitación, casi muerta con la cara abierta en la mejilla, volteada boca abajo. La pobre mujer suplica y grita, pero Abigail no escucha motivos y clava su puñal a la indefensa mujer atravesando su cara y haciendo de su cuerpo una carnicería, riéndose mientras extrae su útero, gritando de la alegría mientras el corazón palpitante está en su mano. Aquella ha sido una masacre nauseabunda. Abigail no me ha visto llegar. Le da cinco patadas al bebé que parece estar muerto y al fin la pobre criatura llora con sangre en la cara. Hasta la fecha ella tiene demasiadas victimas y observo que se quita la camisa, donde en su piel están marcadas cada una de sus victimas fatales: Carlota, Graciela, Jara, Ofelia, Verónica y ahora se marca un nuevo nombre a la lista: Maria Isabel. Ahora todo tiene sentido.
Vuelvo de mi viaje sin haberme movido, y las lágrimas ahora son sangre. María Isabel es el nombre de mi madre y mi mano se desliza por mi mejilla, una cicatriz se ha ido borrando con el tiempo y la ira se va apoderando de mí. Aquella noche ha vivido de nuevo, no lo recordaba pero ahora se que fue lo que pasó. Los periódicos dijeron que había sido mi padre quién asesinó a mi madre. Abigail también asesinó a Carlota, la madre de Nathaniel. Carlota y Abigail habían sido amigas, y vaya amigas para terminar una con la otra por la obsesión con Nathaniel, padre de Nathan. A todas estas, mi mirada se fijaba en la hija de Abigail y supe de inmediato, era ella quien me debilitaba.
La observo alejarse entre la algarabía, es mi momento. Ahora o nunca, me levanto y empiezo a marchar en sentido contrario triste y desganada. Abigail ya no existe y nunca encontraron su cuerpo, mujer traicionera que hizo un pacto con el diablo. Ella nunca murió como dicen. Sus hijos habían muerto antes de nacer, la mujer que decía ser su hija era ella misma, puedo percibir más de lo que los demás pueden. Oculta bajo otro nombre, Abigail seguía allí, dispuesta a asesinarme lentamente. Y yo me detuve en medio del camino.
Aquella mirada, era la misma. Solo que su cuerpo era diferente, el tiempo y el espacio habían cambiado. Abigail seguía caminando y la única forma de detenerla era como mi mente lo había maquinado. Tomé el puñal y crucé la calle, corrí entre la acera, el calor y el sol. La gente volteaba y me quede descalza, seguí hasta el final y Abigail me miró con una sonrisa. Su acompañante aun miraba hacia delante, su macabra sonrisa era la del mismo lucifer. Lloré y mientras gritaba la tumbé al suelo clavándole mi puñal de plata hasta el fondo de su garganta, el mismo puñal con el que asesinaron a mi madre, el mismo puñal con el que me habían hecho aquella cicatriz en la mejilla. Lo saque y la sangre brotó y me salpicó en la cara, Abigail tomaba forma y se deformaba, se convulsionaba y su amante gritaba del horror:
- ¿Qué haces? Estás loca Lucila. ¿Qué has hecho a mi querida Amanda? – Dijo su novio quien no se atrevía a moverse. Mientras la nueva carnicería se llevaba a acabo. Había llegado sin advertencia y yo miraba fijamente su cuerpo que destrozaba con la cara manchada en rojo carmín.
- Amanda nunca existió. Su nombre es Abigail. – Repetí yo roncamente sin observar al hombre a los ojos. Sorprendentemente un sonido venido del cuerpo de Abigail me puso de punta los pelos de la nuca. El hombre huyó mientras se arrastraba del miedo. Yo había destrozado su mandíbula y garganta pero aun podía hablar.
- No me iré tan fácil Lucila. Ella pagará con su sangre. – Dicho esto su cuerpo quedó quieto debajo del sol y yo retrocedí observando como había quedado todo esparcido. Tuve miedo porque su cuerpo se desvanecio en polvo y sangre. No fui la misma desde entonces, vivi mas tranquila y nadie volvio a acecharme. Pero tengo miedo que mis hijos nazcan y paguen. Hasta que ese dia llegue estare aqui esperando.