El demonio que nos tienta

Alondra — Chapter 4

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Me aprieto las botas y me ajusto el cinturón, mi camino ha sido largo. Varios días y noches largas sin poder dormir, mis sentidos se han agudizado. Mis pantalones rotos, están manchados del vado, la tierra y el lodo, y mi camisa ligera de algodón se pega a mi piel sudada y pegajosa. Mi cara refleja cansancio, expectativa y una gota de preocupación pasa por mi frente, una pequeña herida producida sin avisarme. Camino en medio de la jungla, la selva, los matorrales de aquel paraje. La vegetación cambia y se vuelve densa, mientras escucho ruidos, mi mirada se amplia yendo más allá junto a mi sentido de la audición. Sombras se mueven, el rifle baila en mi espalda y se desliza hasta mis manos. Está firmemente apuntando, estoy a la defensiva hasta que lo veo, mi presa, eres tú. He esperado tanto tiempo atormentada por esto: La cacería ha empezado.

            Empiezo a correr sigilosamente detrás de ti y puedo olerte, saboreo tu sangre y planifico en un segundo de que manera te daré muerte. Por un segundo te desapareces y quedo en medio del pantano, en el medio de todo y a la vez de nada. Se va oscureciendo y tus ojos brillan delante de mí. El rifle apunta a donde debería estar tu corazón, lo más curioso es que descubro que en tu pecho no hay algo semejante a ello.

            Mi cabello se amarra en una cola de caballo alta, varios mechones caen desordenados sobre mi nuca y los mosquitos me empiezan a acechar, mi cara muestra rasgos tensos y mis piernas están más firmes que nunca, mis brazos están brotados de rasguños pequeños. La sangre aumenta de presión y ejerce presión sobre mis sienes. Mis costados sangran, pero me estoy curando. En mi carrera me he lanzado a una limpia cascada de agua fría. El calor se ve controlado y mis sentidos creen empezar a fallar, tengo el rifle en mis brazos y a diferencia de antes, no vacilaré en vaciarlo encima de ti y dejarte inerte en el piso. Empiezo a rastrearte hasta conseguir tu madriguera, donde puedes correr pero sin poder ocultarte. Tu saboreas la pólvora que se insertará en tus pulmones, practicas como aullaras de dolor y como te desangrarás.

Nadie sabe como esta cacería comenzó, hace mucho tiempo todo empezó repentinamente. Soñaba con arrastrar tu cadáver por mi espalda. Mis anteriores victimas fueron accidentales, las había confundido contigo. Sus pieles extendidas yacían en mi choza vieja. Te sentía más cerca de mi,  me desesperaba con encontrarte y mi falta de alimento me tumbaba en la cama hasta quedarme dormida.

Esa mañana sabría que no volvería con las manos vacías. Asesinándote, liberaría a tu prisionero y podría volver a casa. Es mi última oportunidad antes de morir, es mi mente la que se va fragmentando, mis ojos se empiezan a cerrar, mi nariz empieza a oler la muerte.  Te sigo observando hasta verte de frente, esta vez yo tomo la ofensiva y te apunto en la cabeza. La ira se apodera de mí y es ahora o nunca. Los pensamientos atolondrados quieren controlar mi mente, pensando como me dejaste huérfana y sola, de las veces que me lastimaste, de todo lo que me arrebataste, de la justicia que a cabo voy a llevar. He allí la escena invertida, el depredador siendo cazado luego de la fechoría, la victima acechando y amenazando para dar muerte. A veces tenemos que ajusticiar nuestro dolor y estoy a un segundo de mandarte al otro lado.

            Cuando te asesine me sentiré mejor, y estoy mintiéndome, porque me sentiré igual de frustrada y vacía. Nada de lo que yo haga me devolverá lo que una vez tuve. No puedo apretar el gatillo, es el último segundo que te tengo en frente. No puedo descargar y miles de voces en mi cabeza me tildan de cobarde y yo grito insistentemente que no lo soy. Suelto el rifle al suelo y me doy media vuelta, estoy vulnerable de nuevo.

Hoy es un buen día para morir en tus garras y ser despedazada por tus dientes afilados. Al voltear de nuevo has desaparecido y no te vuelvo a ver, no quiero volver a verte porque mi corazón aun revuela violentamente dentro de mi pecho al pensar que puedo asesinarte. Caigo al suelo entre lágrimas, he fallado, he sido débil… o te he perdonado. Estoy arrepentida de haberme avergonzado de no preferir la venganza. He cambiado de parecer y me levanto a buscarte una vez más, vacilante te voy a enseñar que no puedes jugar conmigo. Estás de espalda, en cuatro patas, como una bestia y antes de pensarte caigo débil, una vez más descargo mis ultimas balas en tu lomo, y tras un aullido de dolor mueres. Tu mente destrozada, tu corazón siempre estuvo ausente, tus músculos destrozados y tus vísceras están esparcidas.

Me acerco sigilosamente y observo tu cuerpo sin movimiento, volteo para asegurarme y esta vez caigo en cuenta que en tu pecho hay un agujero y tu corazón no está. Lo oigo latir cada noche, y aun vive tras mí. Te he destrozado y ahora lloro a tu lado, porque tu enfermedad ha corrompido mi corazón que es ahora el tuyo. Observo horrorizada al ver que en mi camisa la sangre cae desde mi pecho, mi corazón está despedazado y esta pesadilla no termina, porque el frío me va llenando y tu olor de podredumbre me llega hasta los pulmones agujereados, mis frágiles huesos están quebrados y mi sangre se está secando.

Mi carne está podrida, mi voz es ronca y retumba entre los árboles. Si pudiese verme al espejo me horrorizaría al saber quien soy verdaderamente, soy mi propia presa, acabo de terminar conmigo misma y mi vientre crece sin control, el dolor es infinito y me rompe las entrañas. Amenazada por mi misma, destrozada por mi propia sombra voy cayendo lentamente. Todo ha terminado. En un instante estoy en paz conmigo misma y soy libre de ti.

Me he despertado súbitamente y el sudor me baña en mi cama, la puerta está cerrada y en la ventana sopla el viento matutino, en la ventana puedo observar el mar y al acercarme veo claramente un barco anclado en la orilla de la playa. En el otro extremo  de la habitación está la cuna, la pequeña llora de nuevo y me dispongo a amamantarla.

- Señora, ¿está usted bien? – Dice el capitán mirando el interior de la choza horas después y observar como mi hija y yo vivimos. El rifle se encuentra descargado en la mesa y su ayudante mira tensamente la precaria situación en la que estamos.

- Si, estoy bien.

- ¿Cómo se llama? ¿Cuánto tiempo lleva en esta isla? – Pregunta el capitán secándose el sudor de la frente

- Me llamo Alondra. Vivo aquí desde que mi padre murió hace 7 años. – Digo sin vacilar mientras la niña duerme en su cuna improvisada entre bambú y hojas secas de palmeras. La sigo observando con atención.

- ¿Vive alguien más en esta isla aparte de usted y la niña? – Pregunta el ayudante mirando desconfiado.

- No, nunca nadie ha venido hasta aquí. La isla está desierta de vida humana.

- ¿Y ese rifle? – Preguntó agudamente el ayudante del capitán tomando un trago de Ron de su botella.

- Hace más de un año que está inservible, perteneció a mi padre. Fue parte del ejército. El fue a la guerra hace años. – Dije sin tratar de recordarlo.

- ¿Y la niña cuanto tiempo tiene? – Pregunta el capitán ofreciéndome un vaso de agua de coco.

- Va a cumplir un año, sufre de retraso. Estará bien. Su nombre es Abigail.

- ¿Cómo nació la niña si no ha habido mas nadie en la isla desde que su padre murió?

- No siempre tenemos la respuestas a todo. Abigail, Abigail, Abigail…

- Venga con nosotros, la llevaremos a la civilización, lejos de esta isla. – El capitán pensaba que yo estaba loca y quizás si lo estaba. Lentamente me sujetó y me llevo hasta el barco, su ayudante llevaba la pequeña cuna con la pequeña que dormía adentro.

- Abigail, mi Abigail. – Repetí en un suspiro mientras dejaba atrás la isla. Temía si algún día el horror volvería o si tu acecharías nuestros pasos de nuevo. Si regresas, no te atrevas a tocar a mi Abigail.

- Abigail, ¿Por qué no naciste muerta? ¿Por qué no me evitaste este dolor? Mi dulce Abigail, duerme y descansa ahora. Mañana no estaré aquí.

Tomé el rifle tantas noches para defenderme y ahora lo dejo aquí abandonado. Temí tantas veces y me atrapaste en la más vil de las trampas. Tomo el rifle y te atravieso con él… no me volverás a tocar.

Fin